9. marzo 2026
Hoy hace un año que me di permiso
Hoy hace un año que me di permiso.
Me di permiso para parar. Para mirar de frente un camino que hacía tiempo ya no tenía salida. Un camino que, aunque desde fuera podía parecer correcto, ordenado o incluso admirable, a mí me estaba llevando lentamente hacia la oscuridad.
Burnout. Inflamación. Cansancio que no se arregla durmiendo. Insatisfacción que no se arregla con logros.
No sé exactamente qué nombre ponerle. Pero sí sé lo que sentía.
Ahogo.
Durante meses viví con la sensación literal de tener una cuerda apretándome el cuello. Y no es una metáfora exagerada. Era así.

Una presión constante. Un vivir sin respirar del todo. Un existir sin brillo.
Y no hablo de brillar hacia fuera. Hablo de brillar hacia dentro. Porque lo que más duele no es que los demás no te vean. Lo que más duele es cuando tú misma dejas de reconocerte.
Con el tiempo entendí algo que entonces todavía no sabía poner en palabras: ese camino no era mi lugar. No era mi manera. No era mi forma de estar en el mundo.
Era simplemente la prolongación de patrones antiguos. De expectativas heredadas. De ese guion silencioso que casi todos llevamos dentro.
Lo que toca hacer.
Lo que se espera de ti.
Lo que se supone que debe ser una vida correcta.
Y sí, podría hablar del sistema. De la presión del sistema. De ejercer una medicina que muchas veces no se parece a la medicina que uno soñó ejercer. De ritmos que no son humanos. De estructuras que empujan a producir más que a cuidar.
Y todo eso es verdad.
Pero quedarme solo ahí sería demasiado fácil.
Sería echar balones fuera.
Porque en el camino también descubres algo incómodo: todo eso, el sistema, las exigencias, las inercias… muchas veces no son más que mensajeros.
Mensajeros que empiezan a gritar cuando tú ya no estás siendo tú.
Cuando empiezas a vivir lejos de lo que sientes. Cuando sostienes durante demasiado tiempo algo que dentro de ti ya sabes que no es tu lugar. Cuando una parte muy vulnerable de ti sigue intentando encajar en un sitio que, en realidad, te está ahogando.
A veces llega un momento extraño en la vida.
Un momento en el que te das cuenta de algo muy simple y muy incómodo al mismo tiempo: llevas demasiado tiempo viviendo lejos de lo que sientes. Demasiado tiempo sosteniendo algo que dentro de ti ya sabes que no es tu lugar.
Sigues empujando. Cumpliendo. Funcionando. Intentando encajar.
Pero dentro algo empieza a quedarse sin aire.
Y entonces aparece la pregunta inevitable:
Vale. Todo esto ya lo veo.
Pero ahora… ¿qué hago con ello?
La respuesta, aunque no nos guste, suele ser simple.
Caminar.
Salir de ese lugar es difícil. Muy difícil. Porque muchas veces el entorno que te empuja a seguir también está atrapado. Alguien muy importante para mí lo llama el círculo de la rata: ese lugar donde todos corren, todos cumplen, todos producen… pero muy pocos se preguntan si eso realmente les está haciendo bien.
Y aun así seguimos buscando el valor fuera.
Yo no tuve una revelación tranquila ni un momento de claridad luminosa en el que todo se ordenó de repente.
Fue mucho más crudo.
Fue un día entre lloros, entre desesperación, con la sensación cada vez más fuerte de que la cuerda que llevaba meses apretándome el cuello se tensaba un poco más.
Un día en el que simplemente ya no podía seguir sosteniéndolo todo.
Había pasado demasiado tiempo empujando hacia delante. Convenciéndome de que aún podía con todo. Pensando que si resistía un poco más, algo terminaría recolocándose.
Pero ese día entendí algo desde el cuerpo:
ya no podía seguir así.
Y entonces pasó algo pequeño, pero decisivo.
Me detuve.
Por primera vez en mucho tiempo dejé de empujar la vida hacia delante. Dejé de fingir que podía con todo. Dejé de intentar que todo siguiera funcionando.
Y apareció el primer permiso.
El permiso de soltar.
Soltar una forma de vivir.
Soltar una forma de exigirme.
Pero sobre todo, dejar de sostenerlo todo sola.
En tus manos, Marta.
Hoy puedo decirlo con calma, pero en ese momento fue profundamente vulnerable. Gracias por empujarme cuando yo no podía hacerlo sola. Porque a veces parar no es una decisión individual. A veces alguien tiene que mirarte a los ojos y decirte lo que tú aún no te atreves a decirte:
Para.
Esto no puede seguir así.
Te estás perdiendo.
Lo que vino después no fue una transformación bonita ni inmediata.
Fue un desmontaje lento.
Cuando empiezan a caer las piezas que durante años han sostenido tu forma de estar en el mundo aparece algo muy desconcertante:
el vacío.
Porque cuando desmontas el personaje que te ha acompañado durante tanto tiempo, de repente ya no sabes quién eres sin él.
Hubo muchos días en los que no sabía qué hacer conmigo. Días en los que me quedaba horas en la cama, mirando al techo, intentando entender algo que ni siquiera sabía cómo nombrar.
A veces no era solo pensar.
El cuerpo dolía.
El pecho se cerraba.
La garganta se tensaba.
Intuía que mi sistema llevaba demasiado tiempo en alerta, sosteniendo algo que ya no podía sostener. Y también sabía que si conseguía descansar, apagarme un poco… al día siguiente algo dentro estaría un poco menos inflamado. Almenos unas horas.. para darme un pequeño respiro.
No resuelto.
Pero sí más habitable.
Así pasaron muchos días.
A ratos intentaba moverme, leer, hablar, buscar respuestas.
Y luego volvía al silencio.
Volvía a la cama.
Volvía a intentar entender. O simplemente intentaba apagarme porque no podia SENTIRME más.
Hasta que muy despacio empezó a pasar algo.
Un día respiras un poco mejor.
Un día sonríes.
Un día algo dentro vuelve a encenderse.
Y meses después entiendes algo muy profundo:
no estabas perdida.
Estabas desmontando capas.
Capas de exigencia.
Capas de expectativas.
Capas de miedo.
Capas de identidades heredadas.
Hasta empezar a acercarte a algo mucho más esencial:
a ti. Al CORE
Hoy hace un año de aquel primer permiso.
Y cuando miro atrás hay algo que sé con claridad: la mujer que soy hoy existe gracias a la que fui entonces. A la que aguantó. A la que cumplió. A la que siguió el guion que pensaba que tenía que seguir.
Pero sobre todo gracias a la que un día ya no pudo más… y paró.
Ese lugar ya no era casa.
El lugar en el que estoy ahora tiene más luz, más calma y más verdad.
Y no es un sitio externo.
Ese lugar soy yo.
Con incertidumbre, sí. Porque cuando sales del camino conocido desaparecen los referentes.
Pero también he descubierto algo importante:
la estabilidad no siempre viene de saber exactamente hacia dónde vas.
A veces viene simplemente de saber que estás caminando hacia ti.
Y hay algo que quiero decir con claridad, y que ayuda reconocer: NO LO HICE SOLA
Mucha gente me sostuvo.
Mucha gente me ayudó.
Mucha gente me empujó con cariño cuando yo sola no podía.
Algunos sabéis quién sois.
Otros quizá ni siquiera lo sabéis.
Pero todos habéis estado aquí.
En este año.
En este camino.
Y también hubo personas que, sin saberlo, se convirtieron en pequeños faros. Personas que con sus historias o su manera de vivir me recordaban algo muy importante:
que no era la única caminando fuera de los caminos conocidos.
Gracias. De corazón. A todos.
Y también gracias a la Raquel de hace un año.
Porque fue ella la que tuvo el valor de parar…
para que hoy yo pueda volver a respirar.

